La cucharita 

Esa noche ellos se abrazaron.  Bajo las sábanas, con la tibia promesa que a la mañana siguiente todo continuaría, pero a fin de cuentas todo era un juego.  Él se despertó apresurado por el trabajo, entró a bañarse en esa regadera ajena que ya estaba resultando familiar.  Aquel que aún quedaba dormido despertó a los minutos siguientes y de inmediato, al comprobar que su amante ya ocupaba la regadera, emprendió la tarea de hacer un desayuno, así cuando saliera podrían apurarse para ir cada quien a sus deberes, juntos claro está. El que salió de bañarse tomó el desayuno como un gesto simple, como uno cualquiera.  Sin embargo,  el cocinero había creído que era un gesto genuino de amor. Al final cada quién huyó a sus trabajos, el madrugador evitó a toda costa prolongar esa sensación de haber despertado con otro. Al tiempo, se esfumó la esperanza del cocinero de llamar a aquello una noche especial. 

Ya hace un tiempo de eso y es el recuerdo más vívido que tengo de haber despertado con alguien.  A veces se extraña dormir de cucharita, aunque sea sopera, de postre o pozolera.  Mientras termine en la complicidad de un desayuno que se antoje a cena, siempre se antojará. 

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