Ese vacío

Se fue, pasaron dos horas y quedó ese vacío. Esa extraña melancolía que te deja lo inalcanzable. Estuvo aquí, ese pedacito de cielo aleccionador, terapéutico y consejero.

Dejó su aroma, sobre las sábanas. Entre mis manos, sobre mis labios.

Vino y quizá para enseñarme que lo que quiero se puede hacer. Que ya es momento de soltar el nido, y no el físico sino el extraño lazo que me llena de prejuicios para detenerme ante las cosas más simples y aventureras.

Escupí, derramé y vomité agradecimientos en forma de besos. De esos que provocan el hastío. Me vulneré y me dejé escuchar por un desconocido. Le conté mis traumas, me desnudé sin soltar una sola prenda.
Minutos después me veo a la distancia y me desagrada el yo infantil. El yo atrabancado. El yo obsesivo.

Soy un niño todavía. Un inocente. Un perdido. Un viajero errante que no atina aún cuál visa necesita.

A veces pienso que me aventaron por la borda al mar de la adultez y creía saber nadar, cuando lo que apenas realmente sé es respirar. Queremos cruzar el mar y no dimensionamos siquiera la isla que nos rodea. El paso a paso no es lo mio, me encanta saltar, aunque a veces bien es cierto que lo mejor se cocina más lento.

Gracias, porque no sé si te sigas apareciendo pero al menos hoy y sin pensarlo me has sido de gran ayuda.

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