La esperanza de América Latina

 

Caminamos para alcanzar el contingente y encontrarnos con él. Lo esperamos a la altura del Santuario. Honestamente no sabía bien qué me esperaría caminando por aquella marcha. Si algo me quedaba claro es que uniría mi voz a las consignas ahí proclamadas con las que mi corazón se identificara.

7:30 p.m. El contingente había llegado a la altura del Santuario. Algunos periodistas y otros ciudadanos como nosotros lo esperaban para caminar hacia Plaza de la Liberación. Dejamos pasar a los que iban hasta el frente, esperamos un poco y nos adentramos en el tumulto de personas que desde la glorieta de La Normal se habían dado cita casi dos horas antes. Unimos nuestras voces a las frases que con rabia y dolor se clamaban:

Foto tomada de LA JORNADA. Crédito Héctor Jesús Hernández

“¿Por qué nos asesinan si somos la esperanza de América Latina?”
“Guerrero aguanta,  Jalisco se levanta”
“Vivos se los llevaron, vivos los queremos”

Debo confesar que más que otras veces unir mi voz se tornaba doloroso. El freno no era el miedo precisamente, o la penita que le da uno luego con el reboso cuando no se siente lo suficientemente huevudo para gritar por lo que le es propio. Había dolor,  impotencia, alcanzar a completar una de estas frases cortaba mi garganta.

La marcha simultánea por los normalistas de Ayotzinapa este 8 de octubre, (creo) despertó en muchos la esperanza de que es posible unirnos nuevamente a una sola voz, por un objetivo en común: la vida de otro mexicano. Los miles de ciudadanos que marcharon la tarde del miércoles se hartaron de escuchar noticias con números de desaparecidos, con números de fallecidos. En todas y cada una de las fotografías presentadas por los marchantes hay una historia, una vida arrebatada, una pausa interminable, un vacío, así como cantidades incalculables de impotencia, dolor, rabia y coraje.

Seguimos caminando, pasamos por Palacio de Gobierno y, casi en coreografía, los dedos índices de la protesta señalaban al edificio entonando: “Asesinos”, “Muera el PRI”, “Esos son, esos son, los que chingan la nación”. Giramos a la izquierda, a un lado de catedral, edificio al que nadie apuntó ni protestó por algún motivo en particular. La calle se hacía más angosta paso a paso. Algunos corrieron al asta bandera, otros caminamos tranquilamente hasta ubicarnos en el mismo sitio. Una vez reunidos, uno de los convocantes solicitó nos sentáramos para poder vernos mejor. En plena tranquilidad, tomamos asiento la mayoría, mientras que  los de al rededor permanecieron de pie, compartiendo espacio con los locales de cantera que se colocan cada décimo mes del año por las Fiestas de Octubre.

Foto tomada de La Jornada. Crédito: Héctor Jesús Hernández

8:30 p.m. Las luces de la Catedral se encendieron. Cinco minutos de silencio y 43 ciudadanos leyeron los nombres de los desaparecidos, así como de los afectados en otras dolorosas anécdotas de Guerrero. Al pronunciar el nombre de los normalistas, el ritual exigía una respuesta al unísono: “Los queremos vivos”. Uno de los manifestantes que cargaba una cartulina poco legible sobre el genocidio y los partidos políticos exclamó un par de veces “Ya están muertos, para qué nos hacemos”. La multitud lo calló. “Respeta a los compañeros caídos” gritó desde su lugar un hombre. El evento terminó con la lectura de una carta de los ciudadanos y asociaciones que se reunían en un mismo propósito.

Pasamos de sexenio en sexenio y nada ha cambiado, sólo la comunicación. La efectividad de un mensaje erróneo cargado de fantasías y música positiva. Las palabras justas en un despliegue mediático que nos fuerza a creer que no todo estará tan mal. Que lo que pasa es por nuestro bien: reformas, inversiones, venta, compra, todo en la macro estructura económica. Mientras tanto, del otro lado del país, en un lugar cuyo nombre millones de personas no conocían y apenas sabían pronunciar: Ayotzinapa Guerrero; un crimen de estado se hace presente para recordarnos que aquello por lo que también se marchaba hace un par de años, aún está vivo: La violencia.

Ayotzinapa somos todos. Pudimos ser nosotros, pudieron ser tus hijos, mi hermano, tu padre, tu amigo. Sin duda una de las frases mas fuertes y contundentes para mi fue “¿Por qué nos asesinan si somos la esperanza de América Latina?“. Si usted no asistió a la marcha, quizá le resulte más difícil identificarse con este sentimiento de dolor experimentado. Debo aceptar que la muerte en las noticias jamás me alarmó tanto como hoy, quizá muy tarde lo puedo ver. Hoy puedo sentirlo y por primera vez escribo con lágrimas en los ojos de saber que a alguien que buscaba la educación como una manera de mejorar su entorno, se le haya arrebatado la vida y con ello las esperanzas de su círculo por continuar luchando.

Hoy el nombre de Ayotzinapa es conocido por todos y bien pronunciado por muchos. A escasos veinte días del terrible suceso decenas de ciudades en el país y el mundo se levantaron para gritar a una sola voz que compartían su indignación para movilizar a las instituciones al esclarecimiento del suceso. Y no, “nos hacemos” como gritaba aquel hombre, los queremos vivos por que es lo justo. Quizá algunos de ellos hayan caído ya, pero aún así se deberá exigir justicia.

Vídeo: Rogelio Navarro.

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