El prejuicio del matrimonio

En 2010, el tema del matrimonio entre personas del mismo sexo ocupó un espacio sustancial e importante en la agenda mediática mexicana. Las aprobaciones legislativas del Distrito Federal provocaron revuelo por la inesperada acción social a favor de los derechos del colectivo LGBT (Lésbico, Gay, Bisexual y Transgénero). Entre el alboroto se escucharon desesperados gritos provenientes de diferentes actores políticos en su afán por frenar la mudanza del concepto de “matrimonio” a uno cuyo significado contemplara el derecho a parejas del mismo sexo. Tras intensos debates, declaraciones despectivas del Cardenal Sandoval Íñiguez y reflexiones al respecto de los ministros, la Suprema Corte de Justicia de la Nación falló a favor de la constitucionalidad a las reformas del Distrito Federal en su Código Civil en materia del matrimonio y la adopción entre personas del mismo sexo.

Cuando una nación como México atraviesa una controversia social de esta magnitud resulta el momento perfecto para que una gran cantidad de comentarios surjan en la esfera social, aquella que se despierta en las charlas de café y los radio-pasillos, donde se habla del otro como digno objeto del juicio emitido por nosotros. Justo ahí, donde escuchamos con cotidianeidad preguntas o afirmaciones como: “México no está preparado”, “Una cosa es que se casen pero otra que tengan hijos”, o el clásico “Yo respeto, pero ¿y eso de los niños?, no está bien”.

En los últimos días, hablar de la adopción entre parejas del mismo sexo se suma a la lista de temas que prefieren no tocarse, tales como la política y la religión. Pensar en un infante que al ser adoptado conciba como padres a una pareja compuesta por dos hombres o dos mujeres, no es tema sencillo. Pero es justo aquí donde dejamos la realidad de lado y basamos nuestro punto de vista en la generalización, el estereotipo y el prejuicio. Situándonos en nuestra experiencia, con dificultad habremos conocido en persona a alguien cuya familia sea homoparental, por lo que en la misma tesitura ignoraremos el daño o beneficio que este tipo de familia representa para el individuo. Es entonces cuando debemos reconsiderar las reflexiones que llegan a nosotros que se constituyen, casi en su totalidad, por prejuicios y estereotipos sobre la moral, las buenas costumbres, los sacramentos y la familia.

El debate por la adopción comúnmente está enfocado sobre las diferencias entre dos padres heterosexuales ante dos padres homosexuales. Sin embargo, quizá el factor determinante pueda radicar en algo más simple, que el menor tenga o no la posibilidad de tener padres. Pensar en la preferencia sexual como uno de los elementos más importantes para determinar si un proceso de adopción debe o no ser posible, no es más que constatar una referencia clara a los predominantes estereotipos sobre la diversidad sexual, aquellos que se han hecho posibles gracias a la generalización que posiciona a todos aquellos con preferencias sexuales “diferentes” dentro del concepto de la promiscuidad, la degeneración y las malas costumbres. Asimismo, es importante recalcar que la posibilidad de que parejas del mismo sexo puedan adoptar abre solo una puerta más a la igualdad de derechos y no es equivalente a que todas y cada una de las parejas homosexuales en el país lo ejerzan, así como pasa hoy en día con las parejas heterosexuales, quienes aún gozando de plena fertilidad hacen válida la posibilidad de no hacer familia.

La evolución del concepto civil del matrimonio y todos sus derivados, es tan necesaria como entender que las generalizaciones son solo barreras sociales y maniqueístas que entorpecen el entendimiento de que la preferencia sexual no tiene nada que ver con los valores humanos y la transmisión de los mismos. Las parejas homoparentales al igual que las heteroparentales no están excentas de separaciones, divorcios, discusiones, acuerdos, logros, aprendizajes y delegación de roles particulares para cada miembro de la familia. A la fecha un gran número de familias homoparentales viven en el anonimato, desamparadas por un Estado Mexicano que no concibe en su totalidad la defensa de los derechos básicos de seguridad social. La razón ya la conocemos, su preferencia sexual.

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