“Hazlo como buga”


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Teníamos expectativas. Todo porque mi madre nos dijo” de verdad vale la pena, yo lloré”.

Encontramos la oportunidad y compramos nuestros boletos. Al entrar a la sala vimos que a dos filas adelante de nosotros se encontraban un grupo de machos alfa a los que quizá incomodarían nuestros besos o de quienes quizá yo me podría incomodar al escucharles gritar un “¡qué puto!” mientras alguna escena entre dos hombres sucediese.

La película comenzó. Debo confesar que el título nunca me gustó, “Hazlo como hombre”… Otro ejemplo más para hacer valer la supremacía masculina heterosexual pensé, pero varias personas nos dijeron que la película “tenía mensaje”.

“Puto, anormal, maricón, te la voy a meter y ponte arena para que sientas lo que se siente que un hombre te la meta…” No, no estoy poseído por un demonio iracundo, esas son algunas de las palabras que componen los diálogos en los primeros minutos de la cinta. Todo para ponernos en contexto de el tipo de macho, homófobo, misógino y discriminador del personaje protagonista.

“Hazlo como hombre” cuenta la historia de tres amigos, Raúl, Santiago y Eduardo, de esos de toda la vida, de esos que se conocen desde el jardín de niños. Tras la abrupta salida del clóset de Santiago, Raúl queda impactado y entra en una etapa de duelo para despedirse de la imagen que tenía de su amigo como un macho alfa más de la manada. Eduardo, por su parte es ese personaje que genera el contrapeso y comprende de inmediato la situación de Santiago. Ante este panorama debemos agregar que Santiago está a punto de casarse con la hermana de Eduardo y por tanto decide terminar la relación antes de llegar al altar, pues se ha dado cuenta que lo suyo, lo suyo, no son las mujeres.

Una novia en cólera y un mejor amigo dispuesto a “curar” su homosexualidad son ahora los dos enemigos de Santiago. Mientras tanto, él empieza una nueva vida, conoce en Grindr a un chef de moda y comienza una relación con él. Hasta aquí todo va bien. Los primeros minutos de la película ponen en contexto todas y cada una de las frases que cualquier persona, homosexual o no, ha escuchado. Desde las teorías de que alguien nos pudo haber pegado lo gay, hasta los supuestos de que a partir de la salida del clóset cualquier vestidor de caballeros del gimnasio es la trinchera perfecta para violar a un amigo descuidado que se agacha por el jabón. Todo esto aderezado de más “puto”,  “te la voy a meter”, “seguro quieres que te la metan”, étc., étc.

La historia y los diálogos de la cinta nos dejan entrever a personajes con toneladas de desinformación sobre la homosexualidad, prejuicios y frases cotidianas que normalizan la burla de todos los días de “los jotos”. Si bien, personajes como la novia de Raúl o el mismo Eduardo son los que en cada intervención tratan de poner las cosas en claro de que “no está bien discriminar a Santiago por ser gay”, el mensaje termina siendo muy confuso. La anécdota es clara y predecible, y no lo digo como un juicio ni es el hilo negro, es parte de su naturaleza dejar en claro desde el inicio saber que todo apunta hacia la reivindicación e inclusión del amigo gay.

Después de los primeros 20 minutos de la película ya no era tan entretenida, debo confesar que al momento no supe por qué, y fue hasta que salí de la sala que entendí que realmente me molestó que toda la historia se dice una y otra vez que es la penetración anal el principal legitimador de la supremacía del macho heterosexual.

Pasan los minutos y la historia sigue su curso, Santiago y Raúl toman distancia por la actitud homófoba de éste y como en todas las comedias románticas llega el momento de la reconciliación. Es ahí donde explico lo de la supremacía. En la escena vemos a Santiago ante su televisión jugando PlayStation y a Raúl frente a la suya haciendo lo mismo. Los dos en su casa, en actitud de “Oh, cómo quisiera que mi amigo estuviera aquí, si no fuera porque nos peleamos…”. Sin contar mucho diré que es ese momento de la película donde los dos están en su actitud de “la vida no vale nada” y casualmente se encuentran, esta vez a través de la plataforma de multijugador, aceptan la invitación para tener una pelea en estos juegos de combate, el encuentro en línea de los dos amigos es el pretexto para pedirse perdón y jugar una vez más, como lo hacían antes.  Aquí, a través de los audífonos,  mientras juegan sin hacer mucho caso a la pantalla, es donde llegan esas frases de “te extraño amiguito, perdoname por ser así… ya me di cuenta que eres bien chido”. La escena termina cuando Santiago (si, si, el chico gay) acepta las disculpas del amigo ex-homófobo arrepentido y al ritmo de la música melancólica de la película le dice “Este putito te la acaba de meter otra vez”, mientras vemos cómo acaba de ganar la pelea en PlayStation.  De verdad no entendí el peso dramático de la escena. Por más que se nos haga común jugar y bromear con que “el que la mete” es el chingón, lo único que hacemos es darle peso a ese discurso de la supremacía que les mencionaba.

Después de eso, la belleza continúa. A cuadro donde Raúl y Eduardo, los amigos heterosexuales, están por comenzar una cascarita de fútbol, pero esta vez Santiago no los acompaña, en su lugar un personaje con “brazos de tiranosaurio rex” taratará de meter los goles, los amigos machos se miran a los ojos y se preguntan cómo podrán ganar el partido si en su equipo está ese imbécil. Sin esperarlo llega Santiago y lo miran sonriendo, se dicen algo así como qué bueno que veniste, no los iba a dejar perder, y ahora los tres reunidos nuevamente mencionan que hubiera sido imposible ganar ese partido con ese “retrasado mental” (el de las manitas de dinosaurio). La moraleja de la escena es tan explícita que incomoda, mejor puto que retrasado.

Ya ahí rumbo al desenlace, vemos escenas bonitas de cómo cada uno de los amigos tras la gran coyuntura del distanciamiento y la reconciliación retoma su vida.  Pasan los años y volvemos a ver a este trío de nseparables jugar al Playstation una pelea más al estilo Mortal Kombat, esta vez acompañados del nuevo novio de Santiago. Se vuelven a decir “Puto” y aluden a este bonito acto de “meterla” y que te la metan. Todos ríen, son grandes amigos. Han superado que Santi es gay.  Si la historia tiene segunda parte seguirán riendo en intimidad porque es ese terreno de la penetración anal donde queda clara la supremacía del macho heterosexual y es válido reírse del que está abajo, del sometido, el afeminado, el sacatón, el que no puede, el maricón pues.

Con una intención clara de romper clichés “Hazlo como hombre” se ha convertido en las últimas semanas en una de las cintas más taquilleras del cine mexicano en el 2017. Aplaudida por los medios de comunicación y las redes sociales, parece ser un intento por incluir en la agenda la normalización de la comunidad gay, atención, sólo dije gay, porque ni de chiste  llegamos a las demás letras de lo LGBTTTQI. Si la intención de la película es justo esa, normalizar, romper clichés y estereotipos, podemos atribuirle entonces la responsabilidad de exponer como conclusión que reírnos del “puto” sigue estando permitido, porque ya lo aceptamos y recibimos a su novio en nuestra casa.

El terreno de la burla y la comedia son totalmente distintos. La historia podría tener todo el potencial para poder aprovechar la risa como catalizador y punto de encuentro para reflexionar en cómo pensamos y percibimos al quien es diferente, en cómo nos relacionamos y dirigimos hacia él. Lamentablemente se queda corta y por mucho, porque es justo en el clímax y el desenlace donde se vuelve a perder lo elemental, la oportunidad de incluir con todas las letras de esa palabra. En conclusión tenemos una película perfecta para el “buga” homófobo que cree que acepta y que se ríe de cuando en cuando con su tono camuflado superioridad mientras dice  frases sueltas como “¿Ustedes los gays…  cómo le hacen cuando…?”

 

 

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La cucharita 


Esa noche ellos se abrazaron.  Bajo las sábanas, con la tibia promesa que a la mañana siguiente todo continuaría, pero a fin de cuentas todo era un juego.  Él se despertó apresurado por el trabajo, entró a bañarse en esa regadera ajena que ya estaba resultando familiar.  Aquel que aún quedaba dormido despertó a los minutos siguientes y de inmediato, al comprobar que su amante ya ocupaba la regadera, emprendió la tarea de hacer un desayuno, así cuando saliera podrían apurarse para ir cada quien a sus deberes, juntos claro está. El que salió de bañarse tomó el desayuno como un gesto simple, como uno cualquiera.  Sin embargo,  el cocinero había creído que era un gesto genuino de amor. Al final cada quién huyó a sus trabajos, el madrugador evitó a toda costa prolongar esa sensación de haber despertado con otro. Al tiempo, se esfumó la esperanza del cocinero de llamar a aquello una noche especial. 

Ya hace un tiempo de eso y es el recuerdo más vívido que tengo de haber despertado con alguien.  A veces se extraña dormir de cucharita, aunque sea sopera, de postre o pozolera.  Mientras termine en la complicidad de un desayuno que se antoje a cena, siempre se antojará. 

De monja a lesbiana: la historia de Getsemaní


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Ya casi cumplimos un año de hacer vídeos y el proyecto ha ido cambiando mucho, empecé yo solo y ahora voy a todos lados de la mano con Getsemaní: la chica que se encarga que las tomas salgan lo más bonitas posibles (con todo y nuestros recursos limitados y algunas de nuestras distracciones).

Para no hacerles el cuento largo, el tema de esta semana fue uno que tardamos mucho en sacar, era un vídeo que estaba ahí en el cajón. Primero que porque el tema no quería salir a la luz, luego que porque dejé de editar y ponerme a chambear. Al final, lo único que me queda por decirles es que quedó un muy buen capítulo de entrevista que sin duda será memorable para el canal. Disfrútenlo.

Please like me o de cómo levantarse con gracia


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Me diagnosticaron enfermo con reposo urgente. Me he enfermado demasiado este año por lo que varias veces ya he pasado a los exámenes de sangre. Es chistoso cuando ya la gente de los estudios de laboratorio ya te conoce, “A ti ya te he visto, ¿verdad?”. En fin, si algo he aprendido del reposo es que sirve para tener jornadas enteras de Netflix sin resentimiento. Y justo en mi reflexión sobre como “cómo entender tus relaciones interpersonales” apareció esta belleza de serie. Se llama Please like me, es australiana y tiene 3 temporadas disponibles en la plataforma de streaming más querida por todos (o al menos por mi).

Please like me cuenta la historia de Josh, un chico de 20 años cuya madre tiene algunos trastornos psicológicos que la llevan a varios intentos de suicidio. Su padre inicia ahora una nueva vida con Mhae una explosiva tailandesa que llena de celos a la madre de Josh. La historia comienza justo cuando la novia de este singular protagonista decide dejarlo, porque él seguramente es gay. A partir de ese momento y como por arte de magia, la vida de este güero y flacucho personaje comienza a cambiar aceleradamente: un chico guapo y musculoso  entra en su vida, así como un sinfín de historias cargadas de ironía, humor negro, romances fugaces, decisiones difíciles y pendejada tras pendejada (perdón, pero eso son).

El encanto de Please like me está en esa extraña mezcla de un personaje protagónico tan adorable como arrogante y situaciones muy comunes rodeadas de una amistad genuina que acompaña todos y cada uno de los pasos de Josh. Las imágenes y los sonidos de la serie también son exquisitos así como los sabores de cada uno de los capítulos, porque tiene usted que saber que cada episodio lleva el nombre de un platillo que en algún momento se comerán los personajes en los escasos 25 minutos de la serie.

Si algo nos enseña esta historia es que así como lo dice su canción de cortinilla “I’ll be fine”, para caerse hay que saber levantarse, una tras otra, putazo tras putazo (por que eso son) y aunque duela, hay que hacer como que no pasó nada para darle vuelta a la página y disfrutar de las simplezas de la vida para despertar al día siguiente bailando mientras hacemos el desayuno.

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Si usted es de esos que en el primer capítulo decide todo y prefiere abandonar el viaje, le prometo que tanto el personaje como la historia completa pasan de un tono sátiro a uno más humano, tocando de cuando en cuando temas más complejos. Si usted es de los que buscan referentes para saber por dónde va la cosa, le puedo decir que Please like me es algo así como el primo lejano de Master of none, eso si, con mucho más humor negro.

Las primeras 3 temporadas están en Netflix y la cuarta actualmente se transmite en televisión estadounidense y australiana a través de ABC.

De pasiones, pausas y reseteos


Llevo días queriendo descargar este sentimiento que me acompaña, no sé si a manera de desahogo o como un recordatorio que pretendo consultar cada que me pregunte porqué tomé ciertas decisiones. 

Noviembre ha sido el mes más extraño de este año para mí. No es por Trump ni por Fidel. Llegué de un viaje que apunta para ser inolvidable y casi coyuntural (si es que la palabra existe). Regresé con la mente hecha pelotas, con conclusiones muy duras, entre ellas las ganas de darle un descanso al video blog de manera oficial. Repensarlo y respirar un poco. Todo esto para darle orden a lo que creo que he intentado hacer durante este año. Y con ello no sólo me refiero a las cosas que publico por acá, en el trabajo, casa, estudios, en cómo estoy ahora y saber si me estoy sintiendo bien, si voy bien.

Siempre he creído que los lugares dicen cosas, y ahora creo que las fechas también lo hacen. Últimamente me viene mucho a la cabeza que hace un año estaba en otro lado, en mente-cuerpo y objetivos. Después de mucho barajear las cartas y repensar el juego, decidí comenzar a apostarle a algo que en estas últimas semanas ha ido tomando más fuerza: mi pasión por hacer que las historias sean contadas, la producción. El viaje me llevó a esta conclusión, no hay otra cosa que me apasione más que participar en un proceso de creación donde se comienza desde cero con la simple y llana intención de contarle a otros una historia que a alguien le pareció interesante, conmovedora y oportuna. Trabajar, caminar y apostarle a algo que no se sabe en qué va a terminar, pero cuando uno menos lo espera hay un día de estreno con la sala vacía a la espera de recibir a aquellos que por primera vez vivirán la experiencia de una historia que promete al menos contar algo.

A inicios de este año una buena familia me adoptó y comenzamos a ver muchas posibilidades para crecer, hacer planes. Me dejaron entrar hasta la cocina y encariñarme de una disciplina que cada día voy admirando más, el circo. Y aunque bien es cierto que no me veo haciendo telas, malabares o clown, sí veo claramente que quiero participar de la fiesta de ese espectáculo que a todos nos promete una cosa, al menos en el imaginario universal, sorprendernos.

Creo que en nuestro paso por la vida debemos nutrirnos de historias, una y otra vez. Incluso más historias que las que vivimos, escuchamos de nuestros amigos o vemos en la calle. Todo para cada uno poder construir un sistema de referencias cada vez más amplio que nos ayude a entender que la belleza de la vida está en la sencillez de su complejidad.

Hace unos días alguien me compartió que una de sus citas favoritas decía algo así como “Dentro de la repetición en la diferencia está el significado”, hoy quizá después de mucho repetirme encontré una diferencia en mi pasión que me llena significativamente esas ganas de querer empezar otra vez.

Así marcho Guadalajara por el matrimonio igualitario


Hace 32 años, en 1985 un grupo de jóvenes gays y lesbianas se unieron para apoyar a una huelga de mineros. El apoyo de la diversidad sexual no fue bien recibido en un principio por este grupo en huelga. Sin embargo, poco a poco ambos se dieron cuenta que compartían algo en común: ser una minoría con una lucha enorme por realizar para consolidar su bienestar. Poco más tarde el ejercito de mineros se vio fortalecido para luchar por sus derechos de la mano de los gays y lesbianas, y la comunidad LGBT en Londres se vio  apoyada de manera recíproca por los mineros.

Hoy en 2016, 32 años más tarde y a más de 8 mil kilómetros de distancia, se cuenta otra historia. Nace el “Frente Nacional por la familia” un segundo intento de los grupos más conservadores de México para movilizar al mero estilo de las campañas políticas, (con lonche, refresco y camiones) a miles de mexicanos que presumen defender a lo que ellos entienden como familia natural.

La lucha que ellos presumen como genuina es un intento desesperado por evitar la reforma al artículo 4 de la constitución mexicana, si, en un estado laico que busca dejar de manera explícita que el matrimonio debe ser igualitario.

Según las cuentas del Frente Nacional por la familia, más de un millón 400 mil personas marcharon al rededor del país este 10 de septiembre para exigir que esto no suceda. Con argumentos como que se implementaría una “Ideología de género” para que los niños pierdan toda noción de su educación y vivan en un limbo donde se les obligará a cosas tan ridículas como vestir de niñas si son niños y así.

Envíos masivos de mensajes de texto a celulares, espectaculares con la leyenda “NO TE METAS CON MIS HIJOS”, páginas web, lonas, flyers, ruedas de prensa y un sínnumero de anuncios por todos lados dieron a conocer en tiempo récord al “Frente Nacional por la familia”. La pregunta del millón ¿con qué recursos? ¿quién les dio mi celular? ¿cuánto cuesta un espectacular? ¿cuánto cuestan 20 espectaculares? ¿Cuánto cuestan las vayas y los parabuses? pero quizá la más importante, ¿por qué en un estado laico la iglesia de manera “sigilosa” promueve estos movimientos? ¿quién puede poner un alto?

28 mil firmantes en Change.org exigieron a la CONARPED una respuesta ante este movimiento que muestra evidencias de incitar a la discriminación y la homofobia con una campaña de desinformación masiva. Y entre todo el texto destaca lo siguiente.

Si bien es cierto que quienes han expresado esta convicción tienen derecho a expresar libremente sus ideas y conservar sus creencias,en también es cierto que en un estado laico y democrático no es aceptable la imposición de ideología o creencia alguna por encima del reconocimiento de los derechos humanos.